Debes de creerme a mi y no poner oido a las lenguas

Debes de creerme a mí y no poner oído a las lenguas que te atacan.

Desde que eras un niño han tratado de robarte tu valor, de acabar con tu confianza con palabras vanas, con insultos y gritos.

Que no te den temor sus ataques infames, digan lo que digan, hagan lo que hagan, yo te protejo con mi poderosa mano.

He de levantarte y de ponerte por cabeza.

Serás de bendición aún para los que te criticaron y nunca te supieron apreciar, aquellos que siempre desearon tu pobreza.

Pero yo te voy a prosperar, te abriré las puertas, llenaré tu vida de milagros y en tu familia obraré proezas.

Por mucho tiempo lloraste humillado, han sido muchos ya los días, pero hoy mi palabra te declara que hoy es el fin de la tristeza, vienen para ti y los tuyos momentos bellos de alegría.

Créeme, no lo dudes, porque los que se llenan de envidia volverán a atacarte, pero tú lleno de fe y saturado de esperanza, les responderás:

Mi Dios está conmigo como un poderoso gigante, cubierto bajo su sombra vivo, él es mi roca fuerte y mi castillo.

Soy vencedor por la poderosa sangre de Cristo. Soy hijo del Dios omnipotente y él envía ángeles que acampen a mi alrededor para librarme de todos los ataques.

Él es mi sanador, mi proveedor, mi buen pastor, mi fiel amigo y sé que nada me faltará, mis pies con alegría andarán por sus caminos y no me desviaré, no me desanimaré, no permitiré que en mi mente aniden pensamientos negativos.

Yo estoy seguro del amor de Dios, pues él me amó aún antes de yo nacer y me amará por siempre.

Su cariño no cambia, fue, es y será siempre el mismo.

Amén.