Mi amor por ti es incondicional.

Te amo y en esto puedes comprobarlo:  He venido a hablarte y a tocar tu corazón en este día cuando más me estás necesitando.

Mi amor por ti es incondicional, verdadero y eterno. No hay nada que te pueda separar de este gran amor que siento y tengo para ti.  Ni tus propios pecados, ni tus equivocaciones, aun cuando de mí estuviste alejado, mi mano cariñosa te alcanzó, te libré de las cosas que te mantenían atado y te habían arrebatado los deseos de vivir.

Cuando me invocas, estoy aquí.  Cuando clamas con desesperación, te abro las puertas de mi corazón. Cuando veo que doblas tus rodillas, mis ojos te miran con ternura, mi gracia te cubre y aun cuando tengas que caminar por caminos de peligro y de amargura, mi presencia alumbrará tu vida en medio de toda oscuridad.

Antes de que fueras plantado en el vientre de tu madre, yo ya te conocía.  Yo escogí el tiempo, el segundo exacto y el día en el cual tú nacerías y nada de lo que te pasa ocurre sin mi voluntad o mi aprobación.  Aunque momentáneamente no te guste lo que en tu vida estoy haciendo, un día te darás cuenta y reconocerás que lo hice por tu bien, para fortalecerte, para hacerte crecer y porque siempre tengo para ti algo mejor.

Mi plan es elevarte a un nivel de vida superior, en fe, en entrega, quiero poner en tus manos mi espada resplandeciente y que, al hablar mi palabra, ocurran a tu alrededor milagros sorprendentes.

No tienes por qué sentir o creer que no mereces lo que en ti yo quiero hacer. Ya basta de eso, mírate a ti mismo cómo lo que realmente eres:  Un hijo del Dios omnipotente, valiente guerrero, lleno de fortaleza, decidido y vencedor. Créelo, esto es el resultado, el fruto de recibir y aceptar mi amor. No estás destinado para la derrota, después de estas tribulaciones que con tu fe vencerás, te espera la hermosa bendición de la victoria. Amén.