No es casualidad que me estés oyendo.

No es casualidad que me estés oyendo y tú lo sabes bien. Tu mente agobiada por tantas aflicciones está clamando por mi ayuda, me necesitas en tu vida, anhelas sanidad para tu corazón, anhelas que mi presencia inunde tu alma y todo tu ser, que tu pecho rebose de alegría, que de una vez por todas se aleje la tristeza y quieres olvidarte de la angustia que golpea tus espaldas cada día.

La desesperación ha estado tocando a tu puerta, pero tú no le abrirás. La preocupación quiere hablarte del pasado, pero no la escucharás, las dudas quieren regalarte miedo, pero no lo aceptarás. No habrá lugar en tu mente, ni espacio en tu corazón para pensamientos de desanimo, para mentiras que torturan, no harás caso de los insultos de tus enemigos, no le abrirás las ventanas de tu alma a ideas que no te ayudan.

Me has dado tu corazón y me has entregado tu alma, déjame ahora reinar en tu vida. La tormenta del dolor quiere arrebatarte la paz que te he dado, los vientos del temor soplan y quieren llevarse la tranquilidad que te he dejado. Pero tu fe es más fuerte, tu estabilidad es sólida como la roca, mi palabra ha crecido como un árbol gigantesco en tu interior, has creído firmemente en mis promesas, por esto mismo, no aceptarás en tu vida la derrota.

En este día y por el resto de tu andar, por este mundo caminarás con la convicción de que eres muy amado, protegido por tu Padre celestial, por tu Dios y tu Señor. Esto será suficiente para que puedas vencer, no hay nada en este mundo que te haga retroceder, no volverás atrás, a la tristeza y la angustia del pasado. Te estoy dando la fuerza que necesitas para que hagas frente a todo lo que en tu contra venga, créelo firmemente porque así es, ya eres vencedor por la poderosa sangre derramada que te ha salvado. Grítalo, escríbelo, dímelo ahora que me crees. Amén.