Solo 5 Minutos, Hazlo Por Tu Hijo

5 minutos por tu hijo

Historia original escrita por: Isaias Arvizu
Edición: Hermes Alberto Carvajal

Hace mucho tiempo, cuando tenía yo como 11 años, mi familia y yo vivíamos en la localidad de Hermosillo, Sonora. Vivíamos en una casita humilde, de cartón, en la célebre colonia “Ley 57”.

En la colonia vivía mayormente personas como nosotros: sin dinero, pobres, pero ricos en felicidad. Era una de esas tantas colonias, pobres, pero felices de México.

Mi mamá y mi papá fueron bastante buenos con nosotros, sus hijos. Eran muy trabajadores, hasta que mi jefito cumplió los cuarenta.

No sé si fue que mi papá sintió como que se le acababa el tiempo y se le pegó una deschongada (se puso fiestero. Todo lo contrario a la seriedad). No sé si de repente él sintió que ya se estaba poniendo viejo y quiso vivir… o mal vivir. Quizás nunca lo sabremos.

Fue extraño, él jamás había ingerido bebidas alcohólicas, ni había fumado; nada de aquello. Solo así, de la nada, le entró de lleno a una vida desordenada. Empezó a andar con diferentes damas, a tomar las 24 horas del día (mientras estuviera despierto, pues).

Mi viejo no solo tomaba, fumaba un cigarro tras otro De esos que no tenían filtro. No paró, su nueva forma de vida continúo por 8 años largos años.

Un misterio aún sin resolver

Uno de los grandes misterios de la vida que no he podido resolver es cómo le hacía para laborar en aquellas condiciones. Aún hoy, no lo comprendo.

Pero eso, sí, le debo reconocer a mi jefecito que nunca lo vi faltar a su trabajo; y mire usted que doblaba turno. Otra cosa que jamás lo vi hacer ha sido ver televisión, al menos la programación regular. Si se sentaba a verla, lo hacía para mirar el boxeo. No más eso.

Mi papá era operador de maquinaria pesada. Trabajaba generalmente fuera de la localidad. Él pavimentaba caminos y carreteras. Era un trabajo duro, debí ir a sitios alejados y tenía que pasar días durmiendo en el monte o a la orilla de una carretera. Era un trabajo duro, que requería dormir a la intemperie.

A veces recuerdo con tristeza que, algunas veces, meses luego de haberse ido a laborar, llegaba a media noche a casa. Ya estábamos dormidos, pero encendía la luz y nos mostraba su cariño, a su forma: primero nos besaba, y luego ponía música en la radio a todo volumen y bailaba la canción que a él le gustaba. A esa hora nos despertaba para que bailáramos con él. Al parecer, no quería gozar solo.

Así pasaba la primera noche que se quedaba a «dormir». Era extraño que se quedara más de dos días en la casa, y cuando lo hacía, en la segunda noche mi papá se despertaba, gritando cosas sin sentido sobre “una gallina prieta”. Luego golpeaba con sus puños la cama de hierro, hasta que se reventaba los nudillos. Las malas lenguas en la colonia decían que mi papá estaba embrujado

En ese momento, no reconocía a mi viejo. ¡Me daba mucho miedo! Me ponía mis zapatos y sin avisarle a nadie, salía en silencio y me iba a pie sin rumbo fijo. Desaparecía por horas y regresaba tarde en la noche. En ocasiones, llegaba hasta donde vivía mi hermana, quien ya estaba casada.

La Promesa

En nuestra humilde casa no teníamos un baño. En la parte trasera de la casita teníamos un excusado de fosa. Este debía quedar retirado de la vivienda, en una de las esquinas del lote.

Recuerdo como ahora aquella oscura madrugada. Tenía prisa y me dirigía a aquel excusado, pero de pronto, vi de lejos a mi madrecita en medio de las siluetas que intentaban opacar la clara y brillante luz de la luna bajo un árbol de limón. Parecía no tener fuerzas, su cuerpo estaba recargado en el sitio donde solía lavar la ropa. Sin embargo, su silueta simulaba clamar a viento, como si fuera un alma en pena.

5 minutos por tu hijoEn mi mente analicé que estas no eran horas de lavar ropa. Mis ojos no alcanzaban a ver sus lágrimas, pero en el fondo de mi corazón, lo sabía: Mi jefecita estaba llorando. Me acerqué lentamente, la abracé y le pregunté:

— ¿Por qué llora, amá?

Me respondió que solo le dolía la cabeza.

— ¿Está llorando por mi “apá”, verdad?

Se quedó un momento callada, me abrazó, y dijo:

— Tu papá es bastante bueno “m’hijo”, nomás que una vez que toma, ya ves, se convierte en otra persona…

— Sí, lo sé, le dije. Lo malo es que toma “TODOS LOS DÍAS”, ya hace años que no lo veo ni bueno ni sano.

Yo había visto llorar a mi madre muchas veces. Pero esta vez era diferente, su llanto no se parecía a los anteriores. Este era un llanto de guerra, de cansancio, de agonía. Este llanto era de perseverancia, de una madre que peleaba en la madrugada contra el destino que quería arrebatarle el futuro de su familia, de sus hijos.

Yo era un muchacho en aquel entonces, y todavía no comprendo cómo pude entenderlo. Así es como, recargado en el hombro de mi madrecita, mis ojos se posaron fijos en la luna. En mi pecho, un sentimiento profundo me inspiró a hacerle una promesa…

-¿Sabe qué “amá”? A mí jamás mi verás borracho, te lo prometo.

– ¿De verdad, m’hijo, lo deseas?

– Sí, me duele mucho verla llorar.

Lo recuerdo como si fuera ayer. Al oír mi inocente, pero promesa, ella puso una mano sobre mi cabeza; su otra mano sobre mi hombro y con dulzura me acercó hacia ella e hizo que me recostara en su regazo. El silencio de la madrugada se estremeció con esta oración que salió espontáneamente de sus labios, y que estoy seguro ha sido rápidamente escuchada frente al trono de la gracia del Señor.

— SEÑOR JESÚS, SI EN VERDAD ESTO ES LO QUE ÉL QUIERE, SI ESO ES LO QUE ESTÁ EN EL CORAZÓN DE MI HIJO, CONCÉDESELO… AMÉN.

Solo fueron cinco minutos, cinco minutos estuve allí. Sintiendo el calor de su cuerpo y en mi cara la maravilla de su aliento. A medida que ella, en murmullos -supongo yo- hablaba de manera directa con el Dios del cielo. Por cinco preciosos minutos, cinco minutos tiernos: mi vida completa ha sido transformada por aquellos cinco minutos que me parecieron, y hubiera esperado yo, que fueran eternos.

Mi Padre Me Advirtió, Pero No Le Hice Caso

No obstante, el tiempo no se detuvo. Tenía 18 años y pasaba casi todo mi tiempo con la pandilla del barrio. Utilizábamos un cuartito en un lote abandonado, al cual llamábamos «la oficina», pues nos servía como punto de reunión para conversar. Otros lo utilizaban como escondite para drogarse, e inclusive, otros para repartirse los botines que habían robado.

Anduve con ellos – y algunas veces solo- en sitios bastante peligrosos. Entre drogadictos y ladrones armados que consumían toda clase de droga, desde las más conocidas, hasta otras que pocos se podrían imaginar.

Recuerdo que uno de ellos, a quien apodaban «El Lepe», movido por la urgencia de utilizar cualquier sustancia que mitigara su vicio, inhalaba el olor de la gasolina o el olor del pegamento usado para componer llantas de bicicleta.

Yo continuamente luchando por mantenerme limpio de cada una de aquellas cosas. Aunque jamás faltaba quien me la ofreciese, y hasta me armaban bronca, una vez que yo me negaba a aceptar su ofrecimiento por ingresar al mundo del vicio.

Ellos, molestos, decían que los despreciaba, que yo era un cobarde. Lo hacían con insultos y palabras grotescas, intentando encontrar doblegar mi voluntad. No obstante, casi todos ya sabían mi respuesta, un rotundo: ¡NO! De esta forma, varios desistían y jamás más me ofrecían otra vez, ni drogas ni alcohol.

Continuamente mi papá entre sus borracheras, decía: “… no te juntes con ellos hijo, ya que tú eres bueno, pero te va a confundir con ellos…”.

“No se preocupe “apá”, le contestaba, yo sé lo que hago, todos saben que yo no me meto en problemas”.

Pues una vez que se hacían las “clikas” (maras, pandillas, gangas) para irse a «enjaular». O sea, cuando iban a hurtar alguna vivienda o alguna tienda, yo me quedaba solo en la “oficina”.

Sin embargo, algunas veces, una vez que rondábamos por las calles, en equipos de hasta ochenta niños, sentía yo lastima por esas personas a quienes mis compañeros asaltaban y hurtaban.

Tampoco podía yo defenderlos ni hacerle al héroe, y aunque traté, los que decían ser mis amigos. Los que continuamente andaban drogados, se me echaban encima.

En la víspera de Navidad, luego de pasar un rato con mi novia, caminé hacia mi casa que no estaba muy lejos. En el camino me encontré inesperadamente con el «Charly», quien me preguntó que para dónde me dirigía. Le mencioné que quería pasar la noche en la casa, afuera, en la banqueta, con mi hermanito “Isakoyo”. Le dije que estaríamos juntos, por si algo llegara a pasar.

La Navidad pasada había venido la Cruz Roja cuatro veces a la calle donde vivíamos. Muchos lesionados en pleitos, y él estuvo de acuerdo. Por lo que hicimos una fogata.

El 25 de diciembre, como a las 2:00 am, una vez que salió mi “apá” bien “happy” (en inglés significa contento), ebrio. En otros palabras, a darnos el abrazo navideño para luego de intercambiar risotadas y saludos con mis amigos, volver adentro de la vivienda a seguir con su parranda.

De repente, todos los muchachos de mi pandilla (decenas de ellos, corriendo y gritando) llegaron a donde estábamos sentados. Agitados nos contaron que unas calles atrás se habían encontrado con un integrante de la pandilla rival, los de la calle «12 de octubre», con un tal “Tony”, dándole una tremenda golpiza; dejándolo sin dinero y desnudo, en una noche gélida, tirado en el suelo cubierto solamente por sus “chonis”.

La Advertencia de Mi Padre Se Hizo Realidad

Todos ellos todavía festejando y riendo por la travesura que habían hecho. Fuimos rodeados en un abrir y cerrar de ojos por cuatro camionetas de la Policía Judicial del Estado. Varios corrieron y huyeron, mi hermano y yo no corrimos pues realmente nosotros mismos no habíamos hecho nada malo. Sin embargo, solo nosotros lo sabíamos.

Los judiciales nos gritaron que pusieramos nuestras manos en alto, apoyadas sobre sus camionetas. Una vez que uno de los judiciales vino hacia mí y comenzó a buscar armas o drogas entre mis ropas. Intenté dialogar con él y de explicarle que mi hermano y yo solo estábamos allí pasando el rato, sentados sólo. No teníamos culpa de nada.

Intenté voltear mi cabeza para mirarlo, pero él me empujó contra la camioneta y me golpeó en la nuca con la culata de su arma.

– ¡Cállate el hocico! – Me gritó.

Pensé y decidí que era mejor guardar silencio.

En aquel instante mi papá, borracho, salió a abogar por nosotros, ¡a defendernos! Siendo advertido por los policías a no meterse o de lo opuesto, por ebrio, él podría ser arrestado también.

En una de las camionetas, en silencio nos miraba el adolescente a quien mis amigos habían golpeado. Una vez que ya la mayor parte de nosotros estábamos quietos y sin dar resistencia a la Policía, uno de ellos se dirigió al asaltado, y le preguntó:

– ¿Estos son los que te asaltaron?

– Esto son, contestó el Tony.

La verdad era que solo había podido reconocer a unos cuantos de los asaltantes. Gracias a la declaración del Tony, pos… allí vamos pa’ rriba y directo a la celda de detención. Los responsables: “el Pitufo”, “el Pato”, “el Ruly”. Y los no responsables: »el Charly», mi carnalito (hermanito) “Isakoyo’’ y su humilde e inocente servidor, Isaías. Mejor conocido como “el Chay”. (Esta ha sido la última vez que mi hermanito estuvo con la pandilla).

Nos llevaban esposados en la camioneta. Esta iba dando brincos de abajo para arriba cada vez que aceleraba por las calles llenas de rocas y baches, con rumbo a la comandancia de la Policía Judicial en Hermosillo.

En uno de aquellos saltos, pude ver como “el Pitufo” ocultaba una navaja “007” abajo del asiento, y a la vez guiñandome el ojo en gesto de complicidad.

Uno de los policías volteó hacia nosotros para comprobar que seguíamos esposados y quietos. El Charly se le quedó mirando.

— ¿Qué me ves, morro? Preguntó el judicial.

Pero el Charly, a el que le gustaba hacerse el valiente y que la jugaba de fiera, le contestó con burla:

-— Es que, tienes ojos de colores. – ¡Y era verdad! El judicial tenía un ojo de color café y el otro verde. En nuestra pandilla, a esa edad, nos burlabamos de cualquier cosa. Hacíamos chiste de todo lo cual nos parecía gracioso. Todos nos reímos con esta ocurrencia del Charly. Pero al judicial, el comentario no le pareció gracioso. ¡Se disgustó mucho!

-— Ahorita que lleguemos a la comandancia, te voy a ofrecer una calentadita (golpiza), le comentó el judicial, a eso el Charly contesta:

— ¡Qué bueno! pues traigo mucho frio… Todos en la camioneta soltaron una enorme risa. Todos estábamos riendo, hasta los demás judiciales, se carcajeaban. El ambiente se puso bastante tenso, y el policía, todavía más y más furioso.

La Peor Noche De Mi Vida

Llegamos al destacamento, nos dieron un sobrecito para que colocaramos nuestras humildes pertenecías. de inmediato, entra un judicial con la navaja del «Pitufo» en la mano gritando: “¿De quién es esta navaja?… Nadie respondió… Se me echó encima y me pegó un «zape’ (golpe en la cabeza).

— Furioso, el judicial volvió a prenguntar,»¿De quién es?

-— No sé, le respondí, y se fue contra mi carnalito. La misma operación con todos los compañeros, y «el tradicional zape», por supuesto, sin falta.

Callamos, nadie confesó. Aunque todos sabíamos a quién le pertenecía.

Enseguidita nos metieron a tres en una celda, tre en la otra. Estábamos muriéndonos de frío, una vez que entró el judicial con «ojos de colores» preguntando por el Charly.

… Estábamos muertos de frío, cuando el judicial con «ojos de colores» entró preguntando por el Charly, y arrastras se lo llevó para cumplir con su amenaza. Le dio al pobre Charly su calentadita (golpes), con la ayuda de los otros varios judiciales. Luego lo mojó con agua fría, le puso ropa y lo encerró, solo, en una celda adicional, un poco alejada de la nuestra.

— Es para que no «me mires más», y para que dejes lo graciosito.

Con el paso de las horas, le pusimos atención a «Charly», contaba «uno, dos, tres». Mientras hacía ejercicio, tratando de no sentir el frío.

En la tarde del 25 de diciembre apareció mi «apa» (papá) con frazadas, tacos de carne con vegetales, que con esmero mi amá se había encargado de cocinarnos. Nos envió varios otros tacos de frijoles, que por cierto, nos «ganaron» con los de carne los judiciales. Ellos solo nos mandaron los de frijoles (eso lo entendimos hasta que nos fuimos).

Aún recuerdo cuando mi «apá» solo me reclamó tres palabras cuando salí de la celda… «TE LO DIJE». Fue entonces cuando me di cuenta de lo que realmente me había dicho antes: «Pueden confundirte con los ladrones,con los malos. Incluso si no eres como ellos».

El 26 de diciembre se produjo un enfrentamiento con ‘Tony’, el chico que había sido agredido, y también con todos los detenidos, pero sólo pudo ‘reconocer’ a dos de ellos, ‘Pitufo’ y «Charlie»… Pobre Charly.

Él estaba conmigo en el momento del ataque y, aunque se defendió como un gato boca arriba, y también intenté ser un fiel testigo de que él había estado con nosotros esa madrugada del 25. Pero la policía nos ignoró brutalmente y debido a que sus muy malos antecedentes, el Charly era popular entre las autoridades. La complicación y la denuncia de Tony lo hundieron.

El pobre Charly y el «Pitufo» estuvieron más tiempo en la penitenciaría, nos dejan libres a los demás. De hecho, dejaron libre también a los otros dos malhechores: «el Pato» así como «el Rulys».

Cuando salimos me dieron mis pertenencias que había guardado en una bolsita. Me di cuenta que habían volado una cadena y el poco dinero que traía conmigo…

Un Cambio Para Bien

Después de este evento, mi hermano «el Isakoyo», comenzó a ir a la iglesia con mi apá, que ahora estaba comenzando un cambio de vida y hasta ahora mi hermano Isaac (Isakoyo) se ha mantenido firme. Es un hombre bien, informático, técnico en computadoras.

A veces, cuando volvía de las noches de madrugada, escuchaba a mi apá orando a DIOS, tanto para que lo perdonara como para que lo limpiara de sus vicios. Sin embargo, siguió consumiendo alcohol, de hecho, hizo las peticiones en estado de ebriedad. Pero, finalmente, un día, DIOS LO ESCUCHÓ. Independientemente de lo borracho que estuviera. Creo que Dios exploró su corazón.

Un día, en mi camino a casa, me encuentro con mi papá. Estaba peinadito hacía atrás, con el pelo relamido, muy guapo. También me pareció inusual por el hecho de que durante ese tiempo siempre estaba cargado de grasa, aceite y también diesel de la maquinaria Pero, una de las cosas más sorprendentes fue que estaba sobrio y saludable. Después de ocho largos años de verlo beber alcohol a diario, me decía: «¿Entiendes hijo? Ya no voy a tomar más alcohol, hoy estoy empezando a cambiar por el hecho de que Cristo me transformó».

«Bueno, veremos cuánto dura eso», le respondí y también me fui. Porque es bien dificil creerle a un borracho que va a cambiar. No es simple, ¿verdad? Él nos lo había asegurado en el pasado, pero hoy era diferente porque no era la promesa de un alcohólico.

Una tarde, normal para mí, tomé la decisión de pasar el rato con «Los Comandos», así se llamaba mi pandilla. Y estaba «el Lupillo» y también «el Rubén», que ahora estaban «pistiando». Es decir, emborrachándome y también yo en medio de ellos pegado al rollo.

Traíamos unas cantadas, y yo sin notar que mi madre me miraba por la ventana (Dios sabe cuánto tiempo me había estado mirando); pero cuando la vi, me avergonzé. ¿Ciertamente creería que yo también estaba consumiendo alcohol?

Me hizo señas de que me metiera directamente a la casa. Cuando me quedé frente a ella, me miró resignada y me dijo:

– Mira… m’hijo, de hecho, te estoy mirando desde hace rato con tus amigos. Reconozco que mantuviste tu promesa. Sin embargo… me doy cuenta de que eres joven y solo pretendes pasar un buen rato… Hijito, realmente me siento egoísta contigo (sus ojos cargados de lágrimas), te ofrezco mi aprobación para consumir alcohol. Sin embargo, solo un poquito… Después de una pausa, como si las palabras le hirieran la boca, prosiguió… Solo un poco, por así decirlo, pero no te vuelvas adicto.

Mi pobrecita amá, me dio mucha tanta ternura escucharla.

– Muchas gracias, pero creo que la mejor manera de no volverme un vicioso es siempre mantenerme libre de eso. No, mamá, te prometí un día, así como nunca lo olvidaré.

Ella suspiró profundamente, como si realmente se hubiera quitado un gran peso de sus hombros.

La verdad es que intenté tomar un par de tragos en alguna reunión, pero no me gustó. Me los tomé con asco, me supieron malísimo. Creo que peor que una medicina. Es más, todo lo que contiene alcohol, me da asco. Así como el humo del cigarrillo. De solo olerlo, me da dolor de cabeza.

Mi apá, jamás volvió a beber. No regresó a ninguno de sus vicios. Vivió una vida entregada a Cristo, una vida limpia. Quince años después de su promesa y hasta el día en que murió, fue el mejr de todos los padres.

Por supuesto, con sus errores y defectos, pero se los digo de corazón, vivió con más virtudes que defectos. Mi padre era responsable, amoroso, trabajador y siempre estuvo pendiente de lo que hacía falta en la casa.

No solo eso, le devolvió con creces a mi madre cada día que la hizo sufrir. Dandole amor, atención y hasta lo que no podía. Jamás le volvió a fallar mi viejo a mi madre.

Mi mamá, pues ella había sido una mujer cristiana desde jovencita. Ella nos llevaba a la iglesia cuando éramos ninos. Ella siempre se preocupó por que escucharamos la Palabra de Dios. Muchas veces pude escucharla orando por sus hijos.

El tiempo pasó, los días de mis jefecitos llegaron a su fin. A mi jefecita le detectaron cáncer de hígado. Casi el mismo día, un auto atropelló a mi jefecito. Mi viejo, después de eso, no volvió a caminar.

Cinco meses después, se quedó ciego. Mi amá falleció por el cáncer y, un año después, mi apá la siguió.

Yo, su servidor, continúe con mi vida. Sí, como todos los seres humanos, yo cometí muchos errores. Pero en lo más profundo de mi ser, continúan resonando aquellas palabras de mi madre aquella gloriosa madrugada, cuando bajo la luz de la luna, mi destino quedó sellado.

Los Milagros, Sí Ocurren

Amiga, amigo lector, yo no sé cuánto crees en Dios, pero estoy seguro de que, hasta hoy, yo no puedo tomar ni una gota de alcohol. Nada de drogas, ni de tabaco. Pienso que fue gracias a esa oración que mi madre querida hizo por mí esa madrugada, cuando yo era a penas un niño.

Sé que todas las madrecitas tienen y sienten un amor y deseo muy especial por proteger a sus hijos. Entonces, si eres madre, tan solo ofrenda 5 minutos a Dios por tus hijos. Tómalos en tus manos, abrázalos fuerte, ponlos en tu pecho,y, en cinco minutos podrán sentir el amor de una madre. Así que, en esa hora noble, habla con Dios y dile: Tú pones a tus hijos en sus manos. y oren por ellos para que sus sueños de infancia se hagan realidad, como me pasó a mí.

Sus ingenuos deseos se hacen realidad, y, cuando crezcan, nunca se desviarán del buen camino que les enseñaste.

Tal vez les pasó como me pasó a mí: yo no soportaba ni el olor a sustancias que podían esclavizarme la vida. Tal vez mi madre oró lo mismo por mis dos hermanas y mis cuatro hermanos. Ninguno de nosotros cayó en las garras de ningún vicio.

FIN

 

Historia original escrita por: Isaias Arvizu
Edición: Hermes Alberto Carvajal