Tú… ¿me amas?

Echemos un vistazo o mejor, examinémonos. ¿Cuánto amamos a Dios? En verdad, ¿tú lo amas con todo tu ser?

Todo comienza con nuestro corazón

Podemos pensar en nuestro corazón simplemente como el asiento de nuestras emociones. Pero en la Biblia nuestro corazón es más que eso; está compuesto por nuestras emociones, sí, pero también por nuestra mente, nuestra voluntad y nuestra conciencia.

Es decir, nuestro corazón es la fuente de nuestros sentimientos, pensamientos, intenciones y nuestro sentido de condenación o culpa cuando hemos hecho algo mal.

Dios te dio un corazón para que lo amaras

Dios nos creó con un corazón para que lo amemos total y absolutamente. Hoy, sin embargo, nuestro corazón ama muchas cosas además de Dios. Nos resultaría difícil orar con el salmista: “¿A quién tengo yo en los cielos? Y fuera de ti nada deseo en la tierra.” (Sal. 73:25)

Debemos admitir que, aunque podemos amar a Dios, lo hacemos hasta cierto punto.  A veces, Él no es nuestro único ni nuestro primer amor. Las cosas del mundo tiran de nuestro corazón. Y debemos preguntarnos con el corazón en las manos, ¿cómo podemos amarlo como Él nos ama, infinitamente?

Primera de Juan 4:19 dice:

“Nosotros le amamos a él, porque él nos amó primero”.

Dios nos ordenó amarlo absolutamente, pero nunca tuvo la intención de que desarrolláramos este amor por Él con nuestro propio esfuerzo. De hecho, Él es muy consciente de que nosotros ni siquiera somos capaces de sentir ese amor tan infinito.

Entendiendo nuestra dependencia de Él

Necesitamos darnos cuenta de que cuando Dios hace una demanda, Su intención es que Él mismo venga a satisfacer esa demanda por nosotros. Nuestro amor por Dios en realidad se origina en Dios mismo. Viene de Su amor dentro de nosotros, que es más alto que cualquier cosa que podamos generar.

Cuando conectamos y recibimos a nuestro amado Jesucristo, conectamos y recibimos todo lo que Él es en nuestro espíritu. La buena noticia para nosotros los que amamos a Jesús es que podemos volver nuestro corazón a Él donde está en nuestro propio espíritu.

Segunda de Corintios 3:16 dice: “Pero cuando se conviertan al Señor, el velo se quitará”

Luego, el versículo 18 dice:

“Por tanto, nosotros todos, mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen, como por el Espíritu del Señor”

Estos versículos comparan a los seres humanos con espejos que reflejan lo que ven. Cuando nuestro corazón se aparta del Señor por pecados, preocupaciones y amor por las cosas mundanas, nuestro corazón está cubierto por un velo y no podemos ver ni reflejar al Señor. Pero cuando volvemos nuestro corazón al Señor dentro de nosotros, el velo se quita y podemos ver al Cristo Glorioso. Vemos su belleza, sus virtudes y lo maravilloso que es, incluido el amor. Nuestro amor por Él crece.

Podemos volver nuestro corazón al Señor Jesús orándole, Invocando Su nombre, y pasando tiempo en Su Palabra. Estas actitudes y prácticas sencillas pueden quitar los velos de nuestro corazón, restaurando nuestra comunión con el Señor y reavivando nuestro amor por Él.

No tenemos que permanecer fríos o indiferentes hacia Dios. Podemos volver nuestro corazón a Él en cualquier momento. Por Él renaceremos, por Él volvemos a la vida y Él nos trae de regreso a Él como nuestro primer amor.