¿Quién Tiene la Razón?

quien tiene razon

Tres ministros del evangelio se reunieron un día en una conferencia. Cada uno de ellos representaba a su comunidad en sus respectivos países.

En realidad, nunca se habían visto antes. Sin embargo, al final de la exposición, se encontraron en una cafetería cercana donde habían ido a relajarse y descansar un poco.

Mientras esperaban, se presentaron: dos eran de República Dominicana y el tercero de México.

La camarera se acercó a ellos mientras hablaban y les ofreció bebidas; dos de ellos las rechazaron amablemente. Pero los dominicanos se sorprendieron cuando el siervo de México aceptó una cerveza.

Aturdidos, el otro ordenó un café rápida y sarcásticamente, evitando la mirada acusadora de su compañero. Al escuchar su petición, él también comenzó a actuar con desprecio hacia el hombre que, creyéndose un fiel hijo de Dios, se había atrevido a tomar esa bebida del diablo.

Tenemos tendencia a sacar conclusiones precipitadas y a lanzar acusaciones.

El cuarto hombre que acababa de llegar hacía apenas unos minutos, también dominicano, fue testigo de ello. Leyó perfectamente el ánimo acusador de los otros dos y pidió una refrescante limonada. Este último hombre era uno de sus compañeros de viaje u escuchaba atento aquel desacuerdo silencioso sobre una cuestión de creencias.

El mexicano tomó con mucha alegría su cerveza fría y se despidió, pero la mirada de insatisfacción de este mientras se marchaba de la cafetería fue reveladora. Cuando los dos dominicanos se quedaron por fin a solas y pudieron hablar libremente entre ellos, estalló una serie de discusiones sobre la conducta del representante de México.

«Mira lo que ha hecho, consumir bebidas del mundo y llamarse hijo de Dios». También le ha parecido mal, le dice su compañero, a lo que el otro responde: “¿Por qué?” Yo tomé café. Con mucha calma y tratando de mantener un tono amistoso, el recién llegado explicó que el café contiene cafeína, lo que en realidad es una droga. Concluyendo que, para los hombres ese siervo solo es un borracho, pero a él probablemente ellos le parecían drogadictos.

¿Quién tiene razón?

Tales casos suscitan la pregunta: “¿De quién tiene la verdad?”. ¿No pretendía Dios que fuéramos únicos?

Aunque solo Dios posee la verdad absoluta:

Jesús respondió: “Yo soy el camino, la verdad y la vida”. “No hay otro camino hacia el Padre sino a través de mí” (Juan 14:6).

También es cierto que tenemos nuestras propias cualidades:

Porque “nosotros, aunque somos muchos, somos un solo cuerpo en Cristo, y todos somos miembros los unos de los otros» (Romanos 12:5).

Dios no favorece a ninguna raza o etnia en particular, y las prácticas religiosas y las filosofías varían naturalmente de un país a otro. Esto debe suceder, pues Dios no lo habría planeado de otra manera.

Para que “Sin duda, tiene que haber grupos sectarios entre ustedes, para que se demuestre quiénes cuentan con la aprobación de Dios.» (1 Corintios 11:19).

El objetivo final de la verdad es la salvación; si la pones en práctica, te salvarás, vivirás eternamente junto a nuestro amado Jesús. No obstante, debemos poner más atención a lo que sale de nuestra boca, no a lo que entra.

Pero lo que sale de la boca proviene del corazón, y eso es lo que contamina al hombre (Mateo 15:18).

 

En general, se puede decir que

No es justo criticar a tu hermano antes de haberte tomado el tiempo de conocer sus valores y de aceptar que no todos somos iguales. Pero solo hay un Dios:

Es más, “el Señor es el mismo” a pesar de que haya diferentes tipos de ministerios (1 Corintios 12:5).

Pon tus juicios y críticas en su sitio, y controla tu lengua. Dios nos ha bendecido con la capacidad de expresarnos verbalmente, pero eso no garantiza que solo digamos cosas que hieren.

Sin embargo, no debes centrar tu atención en los hombres. Cada uno de nosotros tiene un testimonio que contar y tendremos que rendir cuentas. Nunca sometas a tu hermano a dolor o angustia por causa de tus actos. Intenta no ofender ni ser un obstáculo para su salvación.

Es necesario que cuidemos nuestra imagen ante los demás, porque no podemos ser piedra de tropiezo. Hay cosas que de vez en cuando debemos dejar de lado por amor a nuestro prójimo, por amor a Cristo.