¡No Juzgues a los Demás!

No juzgues a los demásNo juzgues a los demás. Como seres humanos tenemos por costumbre dar opiniones sobre asuntos o personas cuando nadie no los ha pedido. No pensamos en lo que podríamos ocasionar producto de nuestra indiscreción. Olvidamos que al hacer juicios podríamos condenarnos a nosotros mismos, “No juzguéis, para que no seáis juzgados” (Mateo 7:1).

En el libro de Mateo capítulos 24 y 25 se habla de un juicio final en el que todos seremos juzgados por el Padre según nuestros actos. Mientras tanto, ¿quiénes somos para juzgar a otros? Acaso estamos libres de malicia. Es nuestro proceder tan justo como el de Dios, o es que no hacemos las mismas cosas.

Sin embargo, señalamos al infiel, al ladrón, a la prostituta, al envidioso, al que abandono, al que mato, al que difamo, al mezquino y así hacemos un sin número de señalamientos que no nos corresponden. Al hacerlo evadimos nuestros defectos. “Por lo cual eres inexcusable, oh hombre, quienquiera que seas tú que juzgas; pues en lo que juzgas a otro, te condenas a ti mismo; porque tú que juzgas haces lo mismo” (Romanos 2:1).

A veces las personas pasamos por las mismas situaciones, mas no tenemos la misma capacidad para afrontarlas. Por eso, tratemos de evitar criticar a aquel que actuó distinto, pues no sabemos, aunque lo imaginemos, qué les pasó en realidad.

¡La Crítica No Edifica, No Juzgues!

Nadie es perfecto, todos nos equivocamos, ninguno es superior que otro. Aunque no tengamos el mismo nivel intelectual o el mismo estrato social, todos somos iguales ante los ojos de Dios. Por eso, antes de hablar mal de tu hermano examínate tú, tal vez encuentras algo que también debes mejorar.

“¿Y por qué miras la paja que está en el ojo de tu hermano, y no echas de ver la viga que está en tu propio ojo?” (Mateo 7:3). Cuídate de dar soluciones a problemas que tú mismo no has podido concretar en algún área de tu vida, “¿O como dirás a tu hermano: Déjame sacar la paja de tu ojo, y he aquí la viga en el ojo tuyo?” (Mateo 7:4).

Cuando criticas adoptas una actitud arrogante, altiva que en realidad destapa inferioridad e inseguridad que resaltan tus errores. Evita hacer comparaciones y dar opiniones que no tienen ningún beneficio. No hagas lo que no quieres que te hagan a ti, date la oportunidad de conocer bien a las personas antes de hacer juicios sobre ellas. Recuerda, debemos amar a nuestros hermanos, con base en esto, juzgará Dios.

¡Prudencia que Aprueba!

Cuando vemos los defectos de los demás y no los nuestros, estamos siendo injustos y probablemente esto nos convierta en una persona no grata ante los ojos de Dios. Por tanto, anímate a vivir según la verdad, no permitas que las apariencias te hagan hacer juicios erróneos.

Conclusión

No lastimes a tu hermano, compréndele, piensa bien antes de hablar y actuar. Adopta una aptitud de madurez y no le cuestiones. Si has vivido una experiencia semejante y saliste airoso, has uso de tu sabiduría y ayúdale.

Cuídate de levantar falsos testimonios, pues Dios libra del mal al desvalido y da castigo al incrédulo, “Porque con el juicio con el que juzgáis, seréis juzgados, y con la medida con que medís, os será medido” (Mateo 7:2).

Por lo tanto, evita caer en provocaciones, aparta de ti la envidia, el engaño, el enojo, y guarda tu lengua de hablar lo que no es y practica la prudencia. Sé de las personas que edifican: enfócate en recibir paz y no juzgues a los demás.