Por esto es que no debes juzgar tan rápido

no juzgues ni critiques

El Señor nos ha dado una advertencia para guiarnos en los juicios que nos formemos de los demás: “Porque con el juicio con que juzguéis, seréis juzgados; y con la medida con que midáis, se os volverá a medir (Mateo 7:2).

Después de pasar gran parte de tu vida diciéndote que juzgues menos a los demás y los comprendas más, puede que pienses que lo último que necesitas es otro artículo que te anime a mirar más profundamente a las personas. Pero este consejo es tan importante precisamente porque nos apresuramos a hacer juicios rápidos.

El problema de juzgar a los demás es que nos impide verlos como realmente son. Por muy bienintencionados que sean nuestros juicios -si pensamos que alguien es arrogante o perezoso, egoísta o dulce-, juzgar a alguien nos impide inmediatamente descubrir si nuestra impresión inicial era correcta o no.

Por eso cobra tanto sentido la frase de Honoré de Balzac, que reza: “Cuando más se juzga, menos se ama.”

Ten cuidado al juzgar los motivos de otras personas

¿Por qué la gente hace las cosas que hace? Porque quieren hacerlas. Cuando intentamos explicar las acciones de los demás, en realidad estamos intentando explicar sus motivos. Por eso los psicólogos y filósofos distinguen entre acciones y motivos.

Te explico, las acciones son cosas que podemos observar. Los motivos son cosas que solo podemos inferir. Por muy bienintencionados que sean nuestros juicios -si pensamos que alguien es arrogante o perezoso, egoísta o dulce-, juzgar a alguien nos impide descubrir inmediatamente si nuestra impresión inicial era correcta o no.

Esta es una de las razones por las que hay que tener mucho cuidado al juzgar los motivos de los demás. No puedes ver sus motivos, solo lo que hacen. Por lo tanto, es probable que te equivoques.

No juzgues por las apariencias o las primeras impresiones.

No puedes ver lo que hay dentro del corazón o el alma de alguien, por muy bien que lo conozcas. No se debe juzgar «por la piel o el manto, o por el exterior del cesto», advertía el filósofo español Baltasar Graciá.

Así que no juzgues a los demás por su apariencia o por la primera impresión. No puedes ver lo que hay debajo de la superficie, y no puedes saber lo que pasa por sus mentes. Por eso el novelista inglés Charles Dickens decía que «no sabemos de qué somos capaces hasta que nos ponen a prueba».

Por otro lado, somos muy prestos a juzgar a los demás, y no nos damos cuenta de nuestros propios defectos.

El juicio hacia los demás
…¿Y por qué miras la mota que está en el ojo de tu hermano, y no te das cuenta de la viga que está en tu propio ojo? ¿O cómo puedes decir a tu hermano: «Hermano, déjame sacarte la mota que está en tu ojo, cuando tú mismo no ves la viga que está en tu ojo? ¡Hipócrita! Saca primero la viga de tu ojo y entonces verás con claridad para sacar la mota que está en el ojo de tu hermano (Lucas 6:41-42).

 

No te apresures a asumir que sabes por qué la gente hace las cosas que hace.

Cuando ves a alguien hacer algo, no puedes estar seguro de saber por qué lo ha hecho. Siempre que te formes una impresión de alguien, es vital que recuerdes que no puedes ver lo que pasa por su mente. Por lo tanto, no puedes estar seguro de saber por qué hicieron lo que hicieron.

Esto no es solo una cuestión filosófica. Es algo que tenemos muchas oportunidades de observar en nuestra vida todos los días. Es más, a veces, la ignorancia de una persona a veces no es su ruina, sino su salvación.

Es decir, a veces nos equivocamos, pero a veces actuamos a pesar de que sabemos que nos estamos equivocando. A veces cae un rayo y hacemos lo correcto por la razón equivocada. A veces hacemos cosas que ni siquiera sabemos por qué las hicimos.

No asumas que puedes ver todo lo que hay que ver en alguien.

Todos somos criaturas misteriosas, incluso para nosotros mismos. Todo ser humano tiene rincones en su alma que se cierran con telarañas y en los que nadie, ni siquiera él mismo, ha estado jamás.

Somos únicos, cada ser humano es una mina, un tesoro, un almacén de tesoros ocultos, tanto buenos como malos.

En fin, no puedes ver todo en los demás, por muy bien que los conozcas. E incluso cuando crees que has visto todo lo que hay que ver, es probable que descubras nuevos tesoros cuando menos lo esperes.

Esa es la razón por la que has escuchado de matrimonios que, luego de 20 años se deshacen por algo que ha hecho alguno de los cónyuges. Cuando le preguntas qué pasó, la respuesta es muy similar: «nunca pensé que fuera capaz de hacer algo así!» Por eso es que nunca vamos a conocer por completo a una persona. De hecho, nosotros mismos no sabemos de qué seríamos capaces. Pero Dios, sí. Él, sí, sí nos conoce.

¿Cuándo es necesario juzgar?

Por lo general, se percibe que juzgar a los demás está mal. Sin embargo, juzgar a las personas y las ideas es necesario en la vida. Te explico el porqué para que entiendas que no te estoy diciendo ninguna contradicción.

Hay una verdad. No podemos evitar juzgar a las personas y los asuntos en nuestra vida sin hacer juicios. No es posible que nos abstengamos de condenar a las personas o de juzgarlas injustamente. Como dijo Jesús: «Cuidaos de los falsos profetas. Por sus frutos los reconoceréis’ (Mateo 7:15-16) y ‘salid de entre los malvados’ (D y C 38:42).

Debemos juzgar a los demás en algunos casos. Al tomar decisiones importantes con respecto a nuestros amigos, a las elecciones de funcionarios del gobierno y a los cónyuges, debemos juzgar a los demás.

Conclusión

Lo más fundamental que debes tener en cuenta es que no puedes ver el corazón y la mente de los demás. Por eso no podemos saber lo que realmente pasa por sus cabezas, por muy bien que los conozcamos. Solo podemos saber lo que hacen. Esto no significa que no debamos formarnos una opinión de otras personas.

Debemos tener cuidado de no sacar conclusiones precipitadas basándonos en sus acciones. Y tenemos que tener cuidado de no juzgarlos basándonos en nuestros propios prejuicios personales. Debemos estar abiertos a la posibilidad de equivocarnos.