¡Confía!

Confìa

Confía, nada es más importante que la fe en Dios. Cuando confiamos en Dios, le damos nuestra confianza y nos entregamos. Llegamos a saber que solo con Él podemos tener tranquilidad.

Confiar en Dios significa guiarse por nuestra fe y no por nuestros sentidos o emociones. Significa confiar en su amor por nosotros y no en las condiciones del mundo. Al confiar en Dios, renunciamos a tener miedo de nada ni de nadie. Confiar en Dios no es fácil porque requiere mucho de nosotros.

Veamos cómo confiar en Dios…

¿Cómo confiar en Dios?

¡Qué difícil es vivir confiados hoy día! Cuando las facturas ahogan, adversarios acechan, enfermedades y virus colectivos atacan, e incluso, por objetivos que se hacen lejanos al punto que no vemos que avanzamos hacia el futuro por el que tanto nos sacrificamos a diario. Nos embargan preocupaciones, persigue el desasosiego, sorprende la desesperanza; no obstante, siempre Dios nos dice: confía.

¿Pero cómo confiar en la premura? ¿Cómo vencer al desánimo? ¿Qué nos garantiza el triunfar sobre las circunstancias? Lo primero: abrirnos a la ayuda. «Porque no confiaré en mi arco, ni mi espada me salvará» (Salmos 44:6). No todo lo podemos resolver con nuestras fuerzas, por mucho que lo intentemos hay que reconocer nuestras limitaciones. Y está bien. Porque es en la limitación en dónde se manifiesta el milagro.

Cuanto más oscura es la noche, más brillan las estrellas: ¡confía!

El escritor ruso Fyodor Dostoyevsky expresó: «Cuanto más oscura es la noche, más brillantes son las estrellas. Cuanto más profundo es el duelo, más cercano está Dios». Y en Dios se puede confiar. «Confía en Jehová, y haz el bien; Y habitarás en la tierra, y te apacentarás de la verdad» (Salmos 37:3). Él está interesado en ti y la verdad es que, en Él, todo lo puedes (Filipenses 4:13).

Y sé que no es fácil pensarlo ante la tormenta del dolor o en la noche interminable de la soledad, ni ante el desierto árido de la tristeza, ni en el rechazo o el recuerdo de la ofensa, ni del abuso, ante las lágrimas, la injusticia o ante el miedo a fracasar. Los espejos suelen empañarse durante la lluvia, pero al salir el sol todo vuelve a la normalidad y la calma. «Exhibirá tu justicia como la luz, Y tu derecho como el mediodía» (Salmos 37:6).

¡Dios quiere ayudarte, confía en su amor!

Dios anhela que corras a sus fuertes brazos de equidad, de bondad y consuelo. Sin impacientarte, sin codiciar ser como el que hace mal y le va perfecto. «No te impacientes a causa de los malignos, Ni tengas envidia de los que hacen iniquidad. Porque como hierba serán pronto cortados, Y como la hierba verde se secarán» (Salmos 37:1,2).

¡Permanece firme en el bien! «Una buena acción nunca se pierde. El que siembra cortesía, cosecha amistad; el que planta bondad, recoge amor; el placer otorgado a una mente agradecida nunca fue estéril, generalmente la gratitud engendra recompensa», escribió Basilio «el Magno». Y ¿qué mejor recompensa que la que proviene de Dios? «Pero los que esperan en Jehová, ellos heredarán la tierra» (Salmos 37:9).

Conclusión

Cuando confiamos en Dios, debemos esperar y aguardar en su voluntad.

¡Confía! De manera que por muy angustiante que sea la deuda, peligrosa la acechanza, descorazonador el diagnóstico o claroscuro el camino, estimado (a), si haces el bien, te mantienes puro (a), no pierdes la fe y te entregas a Dios todo al final resultará favorable. «Considera al íntegro, y mira al justo; Porque hay un final dichoso para el hombre de paz» (Salmos 37:37).

Tu final perfecto viene y tus sueños y tus metas y tus más nobles objetivos. Aunque la desconfianza colectiva nos viva diciendo lo contrario. «Pero la salvación de los justos es de Jehová, Y él es su fortaleza en el tiempo de la angustia. Jehová los ayudará y los librará; Los libertará de los impíos, y los salvará, Por cuanto en él esperaron» (Salmos 37:39,40). Hermano (a): ¡confía!