¡Siempre Hay Respuesta!

 

Siempre hay respuestas, aunque todos pasamos por situaciones difíciles y en esos momentos de angustia nos hacemos mil preguntas esperando alguna de ellas sean contestadas. Sobre todo, la solución para nuestro problema, pues no logramos ver ni entender con claridad el porqué de lo sucedido.

Depende del momento y las circunstancias existen respuestas humanas para todo, pero hay cosas que no podemos asimilar y es allí cuando nuestras preguntas empiezan a no tener respuesta. Sin embargo, siempre hay una esperanza que nos dice: “Clama a mí, y yo te responderé y te revelaré cosas grandes e inaccesibles, que tú no conoces.” (Jeremías 33:3).

Generalmente, cuando todo está bien, tomamos las cosas muy a la ligera y en ocasiones no valoramos lo que tenemos. Bien sea familia, amigos, dinero, empleo casa, carro… creemos que todo lo que hemos obtenido ha sido por nuestras fuerzas y nos olvidamos de que hay un ser más grande que nosotros que ha sido bondadoso y que es su misericordia la que nos ha sostenido.

Sin embargo, cuando llega los momentos de dolor como la muerte, una enfermedad terminal, un divorcio, una quiebra, un accidente nos llenamos de preguntas como ¿por qué a mí? Señor, hasta cuándo Dios, dónde estás Jesús y es así que caemos en cuenta que Dios existe, que somos sus hijos y que para nosotros siempre habrá respuestas.

¡Cuidemos nuestra relación con Dios!

Cuando pasamos por procesos Dios está en todo. Es él quien permite las cosas, no porque quiera vernos sufrir, sino porque nuestra relación con él se ha enfriado. Es su manera de decirnos, “Buscad al Señor mientras pueda ser hallado, llamadle en tanto que está cercano.” (Isaías 55:6).

Debemos tener una relación activa con Dios. Si todo va bien agradezcamos cada día porque ha tenido misericordia de nosotros. No esperemos los momentos malos para buscarle y reprocharle, pues antes de la situación ya él conoce: “Y antes que clamen, responderé yo. Mientras aún hablan, yo habré oído.” (Isaías 65:24), nada ocurre sin que él lo disponga.

Entonces es bueno que pienses:

  • “¿cómo estoy con Dios?”
  • “¿Estoy alimentando mi fe?”
  • “¿Me acuerdo de él para que él se acuerde de mí el día de mi angustia?”
  • “¿Será que aún tengo esperanzas?»

Tú deberías reflexionar a estas interrogantes. No esperes la dificultad para pedir respuestas al único que las tiene, saca tiempo para el Señor medita en su palabra y el día de la aflicción él se apiadará de ti.

¡Afligidos, pero Confiados porque siempre hay respuestas!

A pesar de la prueba práctica avivar tu fe, lee Las Santas Escrituras, medita en ellas, ora y dedica alabanza. Aunque no haya esperanzas no dejes de confiar, Dios ha prometido estar hasta el final: “En el día de mi angustia te llamaré, porque tú me respondes” (Salmos 86:7).

Como seres humanos ante los malos momentos nuestras fuerzas se desvanecen, las emociones se descontrolan y nuestra fe falla. Sin embargo, no debemos dejar que nuestro espíritu se entristezca. “No se turbe vuestro corazón; creéis en Dios, creed también en mi” (Juan 14:1), por fe somos y seremos felices ante cualquier tiempo y circunstancia.

No lo olvides, ante cualquier situación mantente alegre y confiado. Es la manera de agradar a Dios y nutrir nuestro espíritu: “No apaguéis al espíritu” (1 Tesalonicenses 5:19), porque si el espíritu se apaga nuestra fe es muerta.

¡Si hay esperanzas, hay respuesta!

Dios es un Dios de milagros que escucha las oraciones del justo. Si crees haber obrado en rectitud y obedecido los mandamientos del Padre, él considerará tú esperanza y te concederá eso que has pedido. Sin embargo, debes tener en cuenta que su respuesta llegará en el momento que él decida bendecirte.

Mientras tanto no cuestiones las decisiones ni el tiempo de Dios, más bien acércate a él con corazón humilde, sigue el consejo y él te hará caminar por sendas de bendición, “Entonces serás prosperado, si cuidares de poner por obra los estatutos y decretos que Jehová mando a Moisés para Israel” (1 Crónicas 22:13).

En fin, en la obediencia está nuestra esperanza. Si hacemos el bien y amamos a nuestros semejantes: nuestras peticiones serán escuchadas en los cielos. Pero si somos egoístas y practicamos la injusticia nuestro el Padre cerrará sus oídos y para nosotros solo tendrá castigo, “Si no me hacen caso ni se deciden a honrar mi nombre, les enviaré una maldición, y maldeciré sus bendiciones. Ya las he maldecido, porque ustedes no se han decidido a honrarme” (Malaquías 2:2).

Por lo tanto, no esperes ser reprendido para seguir el ejemplo del Hijo de Dios, más bien dedícate a andar en rectitud y practicar la justicia para que cuando ruegues al Padre siempre haya una respuesta.